La isla Hashima, un pequeño afloramiento rocoso frente a la costa de Nagasaki, es un monumento crudo a la agresiva expansión industrial de Japón durante el siglo XX. Desarrollada por Mitsubishi, la isla pasó de ser un remoto yacimiento de carbón a convertirse en uno de los lugares más densamente poblados del planeta antes de ser finalmente abandonada en 1974.
Tras el descubrimiento de carbón en 1887, Mitsubishi convirtió a Hashima en un motor industrial de alta capacidad. Para 1916, las instalaciones extraían 150.000 toneladas de carbón al año. Con el fin de alojar a una fuerza laboral en constante crecimiento, la compañía ganó terreno al mar mediante muros de contención de hormigón, creando finalmente una fortaleza amurallada repleta de apartamentos, escuelas, hospitales y cines.
Un legado de trabajos forzados
El rápido crecimiento de la isla dependió de un sistema laboral brutal, especialmente durante la Segunda Guerra Mundial. Según informes citados por Xataka, Mitsubishi empleó a trabajadores forzados de China y Corea para mantener los niveles de producción, que alcanzaron las 410.000 toneladas en 1941. Para 1945, más de 1.300 trabajadores habían muerto en la isla debido a las duras condiciones, la desnutrición y los accidentes laborales.
Desde el punto de vista arquitectónico, Hashima fue una maravilla para su época. En 1917, la isla estrenó un complejo en forma de 'E' de nueve plantas, que ostentó el título del edificio más alto de Japón. Debido a la extrema falta de espacio en el terreno ganado al mar, la isla era famosa por la ausencia de automóviles, y sus residentes se desplazaban a través de pasillos estrechos y angostos entre los bloques de hormigón.
A medida que el mercado energético mundial cambió en la década de 1960, el petróleo comenzó a sustituir al carbón como principal fuente de energía. Mitsubishi cerró sus operaciones en 1974, dejando que la isla se deteriorara hasta convertirse en un pueblo fantasma. El sitio fue transferido a la ciudad de Nagasaki en 2002 y, posteriormente, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2015.
Aunque las ruinas han ganado fama moderna como escenario de rodaje para la película de James Bond 'Skyfall', la realidad física de la isla sigue siendo mucho más sombría. Los esqueletos de hormigón de sus edificios continúan atrayendo turistas, pero se mantienen, ante todo, como un recordatorio del coste humano que se pagó por la energía que impulsó el desarrollo de Japón.